domingo, 14 de octubre de 2018

Trópica

Trópico nórdico es otro modo de explicar la rareza, la que a mí me gusta. Viento cálido en la cara a mediados de octubre en el cantábrico. Tú, que aún estás un poco ahí. Túneles que acogen como una madre en lugar de abrir la tierra como una trampa, mortal. Luz al final, de la que salva. Mis ganas de trepar el otoño. Felicidad en el pedaleo. El increíble valor de la buena gente. Antiguas vías de tren. Peregrinar, eso hacemos. Llegar al lugar adecuado, sentirse en el momento preciso. Tú, que te fuiste. Nantes, que también es una canción de Beirut. Casual(idad). Los arcoiris dobles. Encuentros en el tren. Cómo me gusta viajar en tren. Castañas. Un borracho reducido a solo un borracho. Llegar al mar y no ver el mar. Volver a la ciudad y no ver la ciudad. Ser vista. Paisajes que inspiran y respiran. Celebrar la amistad. El miedo y su afrontamiento. Las manos grandes. El dolor de una madre. Fuegos artificiales, aquí, ahora. Y tú, que ya estás llegando, como el trópico nórdico.

Lo extraño también sucede.
A veces.

viernes, 12 de octubre de 2018

Camellos

El pasado mes de agosto, en las ferias de San Lorenzo de Huesca, sentí una especie de iluminación cuasi religiosa. Creed lo que os digo. Hacía mucho tiempo que no me pasaba de ese modo tan vívido y fascinante, quizás nunca con plena consciencia. Gané dos partidas. Pero no las gané por habilidad o suerte o casualidad o azar. No. Mi camello avanzó hasta llegar el primero a la línea de meta porque en ello me concentré, y lo creí, con firmeza inquebrantable, simplemente. Con semejante determinación, de bíblicas dimensiones, queda meridianamente claro que lo inquebrantable no se puede quebrantar. Eso, por fuerza, ha de ser la fe. Puede que fuese durante menos de un minuto -no sé lo que duran esas partidas- pero fue una mezcla de emoción-cognición-convicción que me aseguraba que sí, que era invencible y lo iba a lograr. Pero no una, ojo, que dos veces lo logré. Se me aceleró el corazón y hasta me mareaba un poco por la falta de oxígeno, como en esas experiencias de los místicos.

Ahora es octubre y rebusco en los fondos de los bolsillos, en las esquinas de mis cajones, entre los cojines del sofá, en las migas del pan de las tostadas del desayuno, en los últimos rayos de sol que llegan a mi ventana. Ni rastro de ella. Y yo estoy por lanzarme en su búsqueda, de feria en feria.

lunes, 8 de octubre de 2018

Esclavitudes

Las relaciones que no funcionan, la búsqueda del cuerpo perfecto, la excelencia académica, la hipoteca, cualquier sustancia que sube o baja revoluciones a nuestro hambriento sistema nervioso, el estatus, la moda, la pertenencia al grupo, la (des)estructura familiar, lo que piensan los demás, esta enfermedad, ese amor tóxico, aquella mala decisión. ¿Quién no fue esclavo alguna vez?
Este tiempo por el que transitamos propicia la esclavitud, pero no la del esclavismo como modo de producción (en eso estaríamos todos de acuerdo para llevarnos las manos a la cabeza) sino otra mucho más sutil. Estamos cargados de servidumbres que se más o menos esconden bajo tiranías absolutamente maquilladas. El artificio, la publicidad y la mercadotecnia nunca fueron tan engañosos como en estos principios del siglo veintiuno.
Buscamos libertad, que quizás no sea más que un constructo inabarcable, mientras no paramos de caer en casillas que nos restan autonomía. Buscamos amor, y no dudamos en comprar sucedáneos. Así parece, aunque afortunadamente no siempre lo es. No conozco nada más libre y más verdad que la desnudez, el silencio o unas manos vacías... quizás solo la muerte. Sin embargo tenemos mucha envoltura, mucho ruido, muchos cacharros y muchos caminos en los que perderse.
Igual que creí a José Ángel cuando dijo que actualmente llevar veinte años en la misma pareja era revolucionario, tampoco tengo dudas de que, ahora mismo, apagar los datos móviles de nuestro teléfono es todo un acto de rebeldía y consciencia. Cuesta la desconexión, pero ¿acaso la tal conexión existe?
***
"No concibe mi alma mayor pena
que libertad sin beso que la trabe"

Así dice Antonio Gala en uno de los sonetos de amor más hermosos que he leído nunca. El más, seguramente, pero bien es verdad que apenas leo sonetos. Entremezcla, de modo brillante, el amor con la cadena perpetua. También creo a Gala en ese poema, con la misma firmeza que creí a Vega cuando lo musicó. De entre todas las trabas a la libertad que se me ocurren, no encuentro otra más legítima que el beso al que apelan los dos poetas. Ese y no otro.

lunes, 1 de octubre de 2018

Barbarie

Se esconde tras las alambradas, agazapada como un animal herido dispuesto a matar. Pero las alambradas no son siempre como tú imaginas, ni los animales heridos, ni siquiera la muerte.

La sentí una vez en una muestra guiada por Gervasio Sánchez. El fondo sonoro eran bombas cayendo sobre Sarajevo y las imágenes de un impacto brutal. A la salida estaba Gervasio, afable, preguntando si nos había gustado el recorrido fotográfico por su Antología, que así se llamaba la exposición. No pude responder más que con una pregunta: Y después de esto, ¿cómo se puede vivir? "Se puede, se puede seguir viviendo. Pero en el mundo pasan cosas horribles, todo el rato, que no se os olvide".

La siento cuando oigo a mis vecinos gritar, cuando la única posibilidad es llamar a la policía, en los golpes, en el juego sucio y la mezquindad. La veo en los telediarios de casa de mi padre y su muestrario de los horrores. La huelo en el hospital. A veces, en el hospital. La escucho en el insulto, en la mentira, en la traición, en la política. Se evidencia en la desigualdad, en los periódicos, en el hambre, en las minas de coltán, en el centro de mi barrio donde se fabrican armas de guerra, en el miedo, en la injusticia, en el egoísmo. La intuyo en la posesión, en la riqueza, en la pobreza, en las lindes, en la educación, en el bar de aquí al lado, en los ojos de Antonio. También en los ojos de Antonio.

Atávica, parece venir de muy lejos, enroscada en las hélices de nuestro adn. Provoca terror. Por eso, solo se me ocurre domesticarla, como le pedía el zorro al Principito, para conocerla. Ser paciente para hacer lazo con ella y poder entendela. Solo cuando comprendemos, somos capaces de cambiar: algo, quizá poco, pero sí.

Barbarie, sin embargo, suena a susurro.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Negro

Estamos bien,
me dice
pero quién sabe
si un día estaremos mal

Estamos bien

El ojo morado
los gritos
e insultos
no hicieron mella
en la esperanza

Y nada cambia, nunca
porque sí

Yo solo puedo
encogida
preguntarme
dónde 
cojones
o dónde coño
estuvo el error

Y si todavía estamos a tiempo

viernes, 21 de septiembre de 2018

Desconcierto

"Yo vine a este mundo porque mi madre se olvidó del aceite y se lo pidió a mi padre que estaba acampado al lado en La Gomera, en Valle Gran Rey. Así, podríamos decir que mi presencia aquí se debe al olvido de un bote de aceite, tal cual". Somos levedad, y esta explicación que me daba Marcos hace unos días sobre su propio origen me parece definitiva.

Me recuerda también esta elaboración  al inicio de la película Léolo, esa obra sublime y única de Jean-Claude Lauzon en la que tanto se reflexiona sobre las cargas de la condición humana, la familia y los universos interiores. Es ésta, para mí, una cinta sin rival. Imperdible.

El mes llegó como tocaba, aterrizando algunas cuestiones más o menos ligeras y algunas emociones que llevaban un buen rato esperando pisar suelo. El otoño es una época dorada que también clava sus dientes en las personas sensibles. Es un tiempo precioso para vivir pero no para dejarse atrapar. Su melancolía, la introspección, la pérdida, la oscuridad, el presagio del frío, esa especie de aislamiento, aunque sea mentira. Tiene elementos que bien entendidos son de ayuda para ser un poco más y estar algo mejor pero que tomados como resta hacen mella en la alegría.

Mi septiembre comenzó duro, sí, no lo puedo negar. Y es por eso que recupero al mejor Marcos en una de sus frases-perla en medio de una conversación cualquiera. Él desciende de un olvido de aceite, sí, lo tengo claro, yo de unas obras en la carretera de Gistaín, otros de quién sabe qué carambola.

Quizás todo sea tan casual, aleatorio y carente de sentido como parece. Puede que ni siquiera tengamos ninguna importancia. Por eso, cuando la existencia adquiere cierto peso solo hay que volver atrás, un poco hacia atrás, y ver de qué despiste, de qué azar, de qué desconcierto venimos.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Las ganas

La vuelta, un poco, a la ciudad me deja con resaca de insomnio, algo de cansancio de fin del estío y cierta impotencia. El olor, ese olor a col podrida en cuanto me acerco por la autovía. Puaj. La urbe es inabarcable en contextos y circunstancias, en personas, jaleo, ruidos, redes, actividad y espacios, eso que no estoy en una gran ciudad.

Érase una vez que pasé un otoño largo en Londres dejándome llevar por su latido y aquello sí que me atrapó como un laberinto de posibilidades que siempre y siempre se bifurcaba dando lugar a lo insólito. Eso tienen las ciudades enormes, mucho de todo que puede terminar por engullirte en su magma a no ser que el laberinto, como a mí me ocurrió, plantee de repente una salida todavía más inesperada.

Sin embargo, eso es lo que todavía me ofrece una, digamos, capital: propuestas que necesito, sin más. Hay algo que me impele con fuerza hacia el territorio urbano, que me pide guerra y barullo, que me inclina a pasar tiempo aquí, dejándome seducir por su mercadotecnia aunque consciente de que quizás de elegir un lugar en el mundo no sería este.

Siempre hay algo, allá en el fondo, que no está aquí ni en ninguna otra ciudad, ni sé bien dónde estará... Puede que incluso en realidad venga conmigo pero a veces se me escape, inexplicablemente, entre los dedos. Y cuando me doy cuenta de esa ausencia siento que la seducción de la metrópolis se basa en algunas realidades que me mueven pero también en cantos de sirena. Muchos. Y entonces me siento perdida, pequeña, sola, vulnerable y ajena, una vez más.

Luego se pasa, no penséis, también yo soy levedad. Y vuelven esas ganas tremendas que siempre me acompañan de echarme al monte, abandonar la guerra por la guerrilla. Como una heroína fuera de tiempo y lugar. Que no me falten nunca, digo, las ganas: el resto solo es ir y venir.